Educación Industrial

Los sistemas educativos a nivel mundial están bajo una tremenda crisis. Todos los países buscan una mejora sustancial que nos permita sentirnos orgullosos del modo en que crecen nuestros pequeños. Lamentablemente, ninguna de estas reformas está atacando el problema desde el fondo, sino desde la forma. Nadie se atreve a hacer saltar por los aires las bases de un sistema educativo, engendradas en el S. XIX bajo el abrigo y las necesidades  de la Revolución Industrial.  Se sigue tratando a los alumnos como una pieza impersonal más dentro de un engranaje lineal. Se introduce a nuestros pequeños en paquetes o clases que avanzan por diferentes fases ya pre-establecidas y con un claro objetivo final: Terminar la Universidad y entrar a formar parte del mercado laboral.

El problema empieza ahí. Ni debemos fomentar únicamente los talentos asociados al hemisferio izquierdo de nuestros cerebros, ni todos los niños son iguales, ni todos aprenden a la misma velocidad. De hecho son reveladoras las conclusiones a las que ha llegado la genial y efectiva Khan Academy, según las cuales un inicio en principio nada prometedor puede llevar a un aprendizaje mucho más profundo y duradero. Eso sí, se necesita atención y personalización. Un esfuerzo que no suelen contemplar nuestros sistemas educativos.

Ya comentaba mi admirado Ken Robinson cómo las escuelas matan la creatividad. La civilización actual está centrada en la consecución de objetivos. Y esos objetivos son meramente económicos. Seguimos funcionando bajo las bases de una Revolución Industrial que comenzó hace más de 100 años. Tratamos de florecer bajo los paradigmas de una época que crecía alrededor de la entonces maravillosa máquina de vapor. Las consecuencias son que este esquema aún vigente  premia el talento que permite enriquecer a la industria actual. Entonces se creía que sólo había unos pocos talentos, una única y válida inteligencia. Seguimos anclados en conceptos que te llevan a estudiar aquello con “buenas salidas”. Y lamentablemente estamos descubriendo de un modo muy brusco, que esas buenas salidas hoy, quizá no lo sean mañana. Pero el auténtico drama de todo esto es que, una vez que la “industria educativa” nos ha dado forma y nos “pone en venta” nos encontramos, en la mayoría de los casos, con un absoluto desconocimiento de nosotros y de nuestros talentos. Los hemos olvidado, se nos quedaron en el camino. Porque cuando estaban a flor de piel, cuando podían ser desarrollados a pleno rendimiento, el sistema educativo tenía ya estipulado que mi rendimiento sería más rentable si desarrollaba mi lado izquierdo del cerebro que si desarrollaba el derecho. No era rentable mi formación emocional, ni mi formación como pintor, músico o actor. A la sociedad industrial no le interesaba eso.

En este país, por ejemplo, no hay ni tan siquiera una formación para emprender. La educación está completamente focalizada en salir de la universidad y poder rendir en una empresa ajena. No se favorecen la creación de nuevos emprendedores. Siendo un país con un enorme talento creativo, tenemos prácticamente diluida la noción de que somos realmente únicos y tenemos mucho que aportar a los demás. Vivimos anclados en una inseguridad respecto de nuestras capacidades reales y, de un modo absolutamente inconsciente, nos hemos dejado llevar por una amplia zona de confort social ya instaurada. No nos vemos capaces de salir adelante por nosotros mismos porque jamás ha sido una idea válida dentro de nuestro sistema educativo. ¿O a alguno de nosotros nos han enseñado cómo montar nuestro estudio de arquitectura, o nuestra clínica, o nuestra empresa fuera la que fuera? La realidad es que subliminalmente hemos sido dirigidos a ser una pieza más del engranaje industrial. Nosotros mismos hemos creído que lo mejor y más fácil era ser una pieza más. Nos hemos alejado tanto de lo que somos, se nos ha olvidado tanto lo mucho que valemos…

La realidad es que pocos afortunados logramos encauzar nuestra pasión en la vida para trabajar en ella, para trabajar en lo que somos. La vida de muchos es una carrera por llegar al fin de semana. Una carrera que suele dejarnos tan cansados como para además no poder disfrutar de esos dos ansiados días. Hemos dado por hecho que trabajar es un sacrificio. Y eso es porque desde pequeños no hemos sabido encontrar ni nos han sabido guiar en el complejo camino hacia uno mismo.

Cambiar un modelo mecanicista por un modelo orgánico, adaptarse a los alumnos y estudiar sus necesidades, inquietudes y modos de desarrollo. Permitir que florezcan los talentos acompañando. Son las bases que necesitamos revisar urgentemente. Se trata de clases donde cada alumno reciban “su” información a “su” manera, estimulando sus canales de percepción. El esfuerzo es grande, sí. Es mucho más sencillo el actual modelo industrial. Pero ya sabemos que eso no desarrolla personas, desarrolla trabajadores. Y solo habrá buenos trabajadores si antes hay buenas personas.

No podemos mantenernos estáticos en la queja, justificando nuestra inoperancia bajo un sistema educativo anticuado. Desde nuestra posición podemos y tenemos mucho que hacer, y sí no que se lo pregunten a Toshiro Kanamori, para mi, el perfecto ejemplo de maestro (video realmente conmovedor). Nuestra responsabilidad como padres, formadores, amigos, es fomentar el desarrollo del talento de quienes nos rodean. Si aceptamos que nuestros hijos son sus pasiones, y no nuestros miedos, al mundo lo moverá la pasión, no el dinero. El dinero será la consecuencia (una de ellas). Pero nunca la meta.

 

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